martes, 3 de octubre de 2017

Alis volat propiis

Recuerdo perfectamente el primer día del resto de mi vida: no hizo falta llorar para coger oxígeno. Todo lo contrario, bastó mirarte para empezar a respirar. Desaprendí todo lo que había aprendido a lo largo de mi anterior huida, y cuando digo todo, es todo. Empecé a hacerte sentir parte de mis versos, siempre estabas dentro de ellos, eras un héroe, un héroe rescatado de un naufragio. Era la misma que tiene tantas cicatrices como heridas en la memoria, la que sabía romperse para hacerse escuchar y la que creía no necesitar a nadie para ser invencible. Aproveché para respirarte cerca de la nuca para escribirte una historia en el arco de tu espalda, con tinta invisible, para que no me recordases con el paso de los días, pero no pudieses olvidarme si volvía. Vida tras vida. Disparaba balas, y qué manera de hacerlo, a través de las palabras; me hacía sangre para creer que aún sentía algo, y que la sangre era capaz de contar historias que ya no había forma de evitar. Todas esas heridas se convirtieron en mapa. Tú te llevaste todos los secretos que escondía debajo de la almohada y me arrancaste todo, menos la ropa.
Recuerdo haberte mirado a los ojos, tratando de buscarte el corazón. Siempre habías asegurado que se marchitó tras la derrota de una batalla que te atreviste a librar aun sabiendo que no habría forma de ganarla sin perderte. Me convencí de que alguien que es capaz de sonreír como tú tenía que tener un corazón capaz de combatir todos aquellos instantes. Me dijiste que te gustaba salvar las almas perdidas de la gente. Se perdían demasiado deprisa, casi no había tiempo para encontrarlas, pero tú habías aprendido a conseguirlo. Veías la tristeza de los corazones e imaginabas una bonita forma de extraviar esos malos pensamientos y reconocer sus propios miedos. Debiste visualizar toda la tristeza que proyectaba mi mirada, porque empezaste a repararme enseguida.
Conocí a alguien que caminaba sobre el Sol e iluminaba las sombras. Te conocí con las estrellas pintadas en los ojos y las constelaciones grabadas en la piel como si de un lienzo se tratara. A veces quiero que seas eterno, otras te quiero en formato real -de carne y verso- para follarnos como quien sabe que nos queda un día menos de vida en este planeta. A ratos creo verte sin mí, a ratos me gusta imaginarme en tu pasado y pensar que nos cruzamos sin darnos importancia, pero que nos quedamos con el olor del perfume del amor de nuestra vida.
Podría confesarte en qué me fijé lo primero cuando te tuve enfrente, pero entonces tus ojos me pedirían explicaciones del por qué no les nombro a ellos. No creo que exista nada capaz de hacerle justicia a tus ojos y ese es el único motivo por el que no soy capaz de describir el océano que escondes en ellos. A veces imagino cómo sería ser otra persona y poder hablar contigo sin pensar en besarte a cada segundo -es una putada, créeme.- A veces necesito decirte con todo, menos con palabras, que desde que estás en mi vida, la vida envidia mi suerte y la suerte se ha instalado por completo en mi vida. 
Esa persona que te despierta ternura y los demonios al mismo tiempo.



martes, 26 de septiembre de 2017

Axioma

Me gustaría decirte algo que jamás te haya dicho. Me gustaría que te sorprendieras al saber algo que es obvio, pero que nunca habías oído antes. Sabes que mereces todos los poemas que expliquen la belleza que encuentro en tus ojos, que podría disfrazarme de poeta y escribir lo que tu sonrisa significa en mis días. Ojalá pudiera de decirte de nuevo, como si fuera la primera vez, que nadie debería morirse sin verte amanecer, sin ver esos ojos que brillan tanto solamente con la energía de unos sueños por cumplir. 
Me gustaría decirte que con tu voz las palabras besan, y que sonrías sorprendido como si lo que te acabo de decir te hubiera desnudado por completo y solo estuvieras protegido por mis latidos: una coraza que solo tú sabes mantener intacta. Quiero que sepas que con media mirada con la luz apagada me trasmites más que el resto del mundo hablando toda la vida. Que lo sepas, como si siempre hubieras sabido que esa es realmente la verdad, pero como necesitando que te lo dijera para confirmarlo. Imaginando que tus oídos solo han escuchado lo que ya sabía tu mente desde siempre. 
Decirte que a veces -casi siempre- me invaden unas ganas de besarte, de acelerarte el pulso y sujetarte la sangre, de abrazarte el alma y jamás soltarla, de amarte infinitamente como una desquiciada... y que pienses que todo eso no tiene sentido si lo pronuncia otra boca. Tú piensas que simplemente me estás acariciando. Yo te juro que estás quemando todas las astillas que tenía clavadas en mi cuerpo. 
Y creo que eso es lo único que te sorprende porque piensas que lo que haces no puede tener tanta repercusión en la historia de mi vida; aquella que ya no imagino sin ti. Quedándote para darle una hostia a mi tristeza. O abrazarme hasta que me ahogue. O me desahogue. 
Pienso en la carcajada más sincera de mi vida y es contigo: riendo como si nos faltara tiempo. Y ojalá no lo hagas. Lo de faltarme, digo. Hoy me gustaría decirte algo que de verdad se te quede grabado a fuego en el corazón. Algo de lo que te acuerdes toda la vida. Como que cada vez que nos encerramos en una habitación, tú y yo a solas, el techo se hace cenizas. Como que podría tapar la Luna por un beso tuyo. Porque tú, siempre, te mereces brillar más que algo que la mayoría de las noches está roto.



viernes, 8 de septiembre de 2017

Olvidarme de ti

No me voy a olvidar de ti.
No me voy a olvidar de ti porque quiero más a esos ojos que a mis propias manos. Y eso que con ellas amortiguo cada caída -que no son pocas-. No puedo olvidarme de ti porque echo de menos cada efímero momento que pasamos riéndonos. Porque cuando eres testigo de un asesinato nunca más puedes olvidar la cara de la víctima... Y tú no es que hayas muerto, es que me has matado de amor. No me voy a olvidar de ti porque he jurado demasiadas veces que eras el amor de mi vida. No me olvidaré de que le he puesto nombre a tus brazos y los he llamado "Libertad". Porque he sentido estrellas en los dedos cada vez que entrelazamos las manos. No me puedo olvidar de ti porque te quiero a sangre y a fuego; porque me has curado las llagas de tanto morderme las entrañas; porque las legañas de tanta vida durmiendo se me cayeron el mismo día que tú me dijiste "te quiero".
No me voy a olvidar de ti.
Porque no hay día que no acabe pronunciando tu nombre. No me voy a olvidar de ti porque no quiero, porque me pesa más el vacío en la espalda que esta espada que me atraviesa cuando se abre la puerta y la vida me arrastra al pasado.



miércoles, 9 de agosto de 2017

"¿Por qué no estar sin mí?"


Me lo preguntaste y no supe qué contestar. No sabía por dónde empezar y eso me sorprendió. Pero tenía todas las respuestas al final de tu sonrisa y donde empieza, por casualidad, el morbo descarado que tienes cuando te beso despacio.

Todo empezó cuando me enamoré de ti y después te conocí. Desde el principio supe que ibas a ser importante y subrayé tu nombre en mi cabeza, como sabiendo que la vida me haría preguntas y tú serías la única respuesta buena. Y resulta que las preguntas me las hiciste tú y qué mejor metáfora para definirte. "Mi vida" me pregunta y "mi vida" es la respuesta.

Hace ya algún tiempo que te conozco y sabes perfectamente que aún no me creo que estés aquí. Hablo de ti como si de un huracán se tratase, como si tu llegada, en vez de poner todo patas arriba, lo hubiera colocado todo en cajitas con nombres y apellidos.

Y desde entonces me apetece ser quien aparezca al abrir la puerta cuando crees que no hay nadie; me apetece perderme en lo prohibido de tu cuerpo y decirte que eres faro en un mundo lleno de luz y que podrías iluminar cualquier expedición al centro de mi ser.

Que la vida me ha puesto muchas piedras en el camino y yo no sabía qué hacer con ellas: ¿una pared o un puente? Y llegaste tú y me hiciste una casa entera, un hogar entre tus costillas con ascensor directo a tu corazón. Y, joder, tú también estabas un poco hecho polvo aunque ni tú mismo te dieses cuenta. Y en cuanto al polvo se refiere, ahora te importa más cuándo y dónde los echamos.

Muchas noches, cuando no estoy en tu cama, pienso en ti y no solo acaricias mi mente, sino que también lo haces con la noche y le pones tu nombre a todos mis sueños, como si de obras de arte se tratasen. Lo que no sabes es que no hay mejor obra de arte que tu universo dándome la espalda mientras me agarro a ti sin importarme si ahí abajo hay un abismo.

Me lo preguntas como si aún no supieras la respuesta, y parece mentira que no sepas que los milagros no existen, pero por lo que sé tú debes ser algo parecido. Dicen que el amor lo inventaron los dioses para tenernos entretenidos y contentos, y a mí eso me la suda. Porque resulta que todos los dioses caben en ti y dejé de ser atea cuando vi la salvación en tu mirada.

Porque las ganas tienen envidia por aquello que yo siento al pensar en un encuentro, por pequeño que sea. Que no sé si la vida es infinita o si es que la hicieron expresamente para nosotros, así que mientras dure, quiero que sean tus risas las que inunden mis silencios, ahogarme en tu lengua y llegar a pique bajando a besos por tu pecho.

Podría describirte cómo se pone el sol justo detrás de tu nuca y cómo enrojeces si los besos son con lengua. Podría calcular todo el oxígeno que aspiras cuando vez que me arrodillo ante ti y cómo se te cierran los puños cuando quieres que ese momento sea para siempre.

No hay mejor respuesta que ver cuánto me cuidas intentando salvarme de la rutina tendiendo escaleras hacia la luna con la que tanto me has conectado. Y, en serio, no me digas que no recuerdas cuando me dijiste que ese astro tan inmenso y tan lleno a veces, sentiría envidia de mí. Y te juro que no lo pudiste definir mejor porque es justo como me siento.

Y por si acaso no te ha quedado claro: conocerte fue adentrarme despacio en mi jardín de las maravillas, hablar de tú a tú con tu esencia, nadar en tus derivas y retozar entre tus nubes. Joder, qué mejor felicidad que sentir orgullo en tus éxitos, darte fuerzas para sostener el mundo y rozar cada trozo de tu alma -incluso aquellas partes que otros rompieron-.

No sé por qué a estas alturas me lo preguntas aunque la verdad es que entiendo que lo hagas, porque para no saber lo que significa la palabra iridiscencia, la representas como nunca nadie lo ha hecho. Y claro, no sabes que contigo es diferente, contigo no tengo secretos ni mentiras y contigo tengo la versión más pura de mí. 

Y confío plenamente en que la suerte existe porque no hay duda de que la suerte soy yo cuando me miras de esa forma que solo tú tienes, esa forma que no ha cambiado. Aunque no sé si conocerte fue simplemente suerte, porque si así fuera tal vez no estaría escribiéndote esto. Si solo fuera por suerte, seguramente habría sido algo efímero, fugaz. Pero no. Por eso sé que tiene que haber algo más, algo que hiciera que me quedase atónita y me perdiese en ti.

Qué se yo. Creo que llegaste a mi vida para enseñarme que lo bueno, existe; que lo sano, llena; y que el amor, no daña. Realmente eres lo que buscaba y llegaste sin querer. Sin querer querernos y míranos ahora, con estas ganas de ser felices juntos que no se acaban.

No puedo estar sin ti porque cuando sonríes la felicidad se acuerda de mi nombre y sabes mirarme como nunca me he mirado. Porque mi olor está en tu cama, el tiempo en tus manos y toda la vida por delante. 

Cariño, adoro cuando desarmas mi ejército y haces temblar mi imperio. Contigo mi suelo y mis convicciones se tambalean y he conseguido volar con tu ayuda. Ahora sé que no hay mejor guerra que aquella que lleva tu nombre.

Me preguntaste y no tuve respuestas al instante, pero sabes que la mejor respuesta que puedo decirte es que simplemente no quiero estar sin ti. Porque no saber cómo decírtelo es otra forma de sentirlo.

Supiste domar tus demonios y desataste los míos.

No puedo ni quiero huir de lo que me acelera el corazón y detiene el tiempo.