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"¿Por qué no estar sin mí?"


Me lo preguntaste y no supe qué contestar. No sabía por dónde empezar y eso me sorprendió. Pero tenía todas las respuestas al final de tu sonrisa y donde empieza, por casualidad, el morbo descarado que tienes cuando te beso despacio.

Todo empezó cuando me enamoré de ti y después te conocí. Desde el principio supe que ibas a ser importante y subrayé tu nombre en mi cabeza, como sabiendo que la vida me haría preguntas y tú serías la única respuesta buena. Y resulta que las preguntas me las hiciste tú y qué mejor metáfora para definirte. "Mi vida" me pregunta y "mi vida" es la respuesta.

Hace ya algún tiempo que te conozco y sabes perfectamente que aún no me creo que estés aquí. Hablo de ti como si de un huracán se tratase, como si tu llegada, en vez de poner todo patas arriba, lo hubiera colocado todo en cajitas con nombres y apellidos.

Y desde entonces me apetece ser quien aparezca al abrir la puerta cuando crees que no hay nadie; me apetece perderme en lo prohibido de tu cuerpo y decirte que eres faro en un mundo lleno de luz y que podrías iluminar cualquier expedición al centro de mi ser.

Que la vida me ha puesto muchas piedras en el camino y yo no sabía qué hacer con ellas: ¿una pared o un puente? Y llegaste tú y me hiciste una casa entera, un hogar entre tus costillas con ascensor directo a tu corazón. Y, joder, tú también estabas un poco hecho polvo aunque ni tú mismo te dieses cuenta. Y en cuanto al polvo se refiere, ahora te importa más cuándo y dónde los echamos.

Muchas noches, cuando no estoy en tu cama, pienso en ti y no solo acaricias mi mente, sino que también lo haces con la noche y le pones tu nombre a todos mis sueños, como si de obras de arte se tratasen. Lo que no sabes es que no hay mejor obra de arte que tu universo dándome la espalda mientras me agarro a ti sin importarme si ahí abajo hay un abismo.

Me lo preguntas como si aún no supieras la respuesta, y parece mentira que no sepas que los milagros no existen, pero por lo que sé tú debes ser algo parecido. Dicen que el amor lo inventaron los dioses para tenernos entretenidos y contentos, y a mí eso me la suda. Porque resulta que todos los dioses caben en ti y dejé de ser atea cuando vi la salvación en tu mirada.

Porque las ganas tienen envidia por aquello que yo siento al pensar en un encuentro, por pequeño que sea. Que no sé si la vida es infinita o si es que la hicieron expresamente para nosotros, así que mientras dure, quiero que sean tus risas las que inunden mis silencios, ahogarme en tu lengua y llegar a pique bajando a besos por tu pecho.

Podría describirte cómo se pone el sol justo detrás de tu nuca y cómo enrojeces si los besos son con lengua. Podría calcular todo el oxígeno que aspiras cuando ves que me arrodillo ante ti y cómo se te cierran los puños cuando quieres que ese momento sea para siempre.

No hay mejor respuesta que ver cuánto me cuidas intentando salvarme de la rutina tendiendo escaleras hacia la luna con la que tanto me has conectado. Y, en serio, no me digas que no recuerdas cuando me dijiste que ese astro tan inmenso y tan lleno a veces, sentiría envidia de mí. Y te juro que no lo pudiste definir mejor porque es justo como me siento.

Y por si acaso no te ha quedado claro: conocerte fue adentrarme despacio en mi jardín de las maravillas, hablar de tú a tú con tu esencia, nadar en tus derivas y retozar entre tus nubes. Joder, qué mejor felicidad que sentir orgullo en tus éxitos, darte fuerzas para sostener el mundo y rozar cada trozo de tu alma -incluso aquellas partes que otros rompieron-.

No sé por qué a estas alturas me lo preguntas aunque la verdad es que entiendo que lo hagas, porque para no saber lo que significa la palabra iridiscencia, la representas como nunca nadie lo ha hecho. Y claro, no sabes que contigo es diferente, contigo no tengo secretos ni mentiras y contigo tengo la versión más pura de mí. 

Y confío plenamente en que la suerte existe porque no hay duda de que la suerte soy yo cuando me miras de esa forma que solo tú tienes, esa forma que no ha cambiado. Aunque no sé si conocerte fue simplemente suerte, porque si así fuera tal vez no estaría escribiéndote esto. Si solo fuera por suerte, seguramente habría sido algo efímero, fugaz. Pero no. Por eso sé que tiene que haber algo más, algo que hiciera que me quedase atónita y me perdiese en ti.

Qué se yo. Creo que llegaste a mi vida para enseñarme que lo bueno, existe; que lo sano, llena; y que el amor, no daña. Realmente eres lo que buscaba y llegaste sin querer. Sin querer querernos y míranos ahora, con estas ganas de ser felices juntos que no se acaban.

No puedo estar sin ti porque cuando sonríes la felicidad se acuerda de mi nombre y sabes mirarme como nunca me he mirado. Porque mi olor está en tu cama, el tiempo en tus manos y toda la vida por delante. 

Cariño, adoro cuando desarmas mi ejército y haces temblar mi imperio. Contigo mi suelo y mis convicciones se tambalean y he conseguido volar con tu ayuda. Ahora sé que no hay mejor guerra que aquella que lleva tu nombre.

Me preguntaste y no tuve respuestas al instante, pero sabes que la mejor respuesta que puedo decirte es que simplemente no quiero estar sin ti. Porque no saber cómo decírtelo es otra forma de sentirlo.

Supiste domar tus demonios y desataste los míos.

No puedo ni quiero huir de lo que me acelera el corazón y detiene el tiempo.

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